Asumiendo que no eres uno de mis a(o ene)migos curiosos que anda por ahí leyendo mi blog o no eres originario de la península de Yucatán y sus alrededores, muy seguramente te preguntarás qué es una vaquería.
En tiempos de la Colonia, cuando los dueños de las haciendas se dedicaban a criar ganado como principal actividad económica, le permitían u ofrecían a sus trabajadores un festejo colectivo en el que participaba a veces todo el pueblo (para mayor información googlear: Vaquería, ¿por qué quién chingaos soy yo para hacer copy/paste y hacerme a la culta) y by the way, se lo dedicaban a la entidad divina de su preferencia, para que los siguiera bendiciendo con más prosperidad económica.
Ese festejo colorido y maravilloso, podía durar una noche completa o varios días (dependiendo de los dineros de los participantes); invitaban a jóvenes, señores y señoritas de poblados cercanos (para que se hiciera más grande el desmadre) que llenaban de algarabía el lugar con la tradicional jarana (término, que curiosamente fue acuñado por los españoles y criollos de forma despectiva refiriéndose a "escándalo" y/o "ruido", googleen también jarana, ya tiene mucha tarea y a mi que me crucifique la RAE).Para mi deleite personal, la jarana que más me gusta es "las mujeres que se pintan" (irónicamente, ya que no uso maquillaje y hasta me parece que tiene un toque bien machista, pero esa es otra historia.)
Para los lugareños (yucatecos ingeniosos) el término jarana, no terminó significando otra cosa que la música que se tocaba durante el festejo y es así como se le conoce hasta nuestros días (jarana yucateca). Ayer tuve la oportunidad de ir de colada a un festejo de estos, que aún conserva algo del protocolo de los orígenes de las fiestas de los siglos XVII (hace mucho) y XVIII (y ya llovió). Los ahora llamados "embajadores" o anfitriones del pueblo que celebra, recibieron a sus invitados de otros poblados al son de las dianas (que se escuchan una y otra vez, cuántas veces sea necesario, cada que un grupo de bailarines llega a la fiesta).
Si no fuera por el letrero de ATM, la farmacia, los anuncios del refresco de cola más vendido, los carritos de hot dogs y papas fritas y los espectadores vistiendo jeans; juraría que había viajado en el tiempo. El poblado de Baca, a 15 minutos de Mérida, es un pueblito pintoresco lleno de albarradas blancas de cal, patios grandes llenos de animales domésticos, árboles frutales; pero que no se salva de la industrialización y la invasión de los amigos del capitalismo. Las mestizas en la vaquería, hoy en día, aparte de lucir sus ternos llenos de flores pintadas o tejidas, portan bandas muy del estilo Miss Universo y sus acompañantes vestidos con guayaberas blancas, alpargatas y pañuelos bordados en su cintura las escoltan hasta el centro de la pista para empezar el zapateo.
Las mestizas de coronas brillantes (que indican quien de ellas es la representante de su poblado) y sombreros con flores y espejos no supieron decirnos a qué se deben esos nuevos elementos en su indumentaria jaranera. Es increíble ver como la contaminación occidental va agregando nuevos elementos a las tradiciones y su entorno, que para mi, en lo particular, son incómodos e innecesarios. Sin embargo, lo que no tuvo comparación, fue ver en los participantes de mayor edad aquellos vestigios de emoción en sus miradas y en cada guachapeo, la nostalgia que sigue imprimiendo inercia a las nuevas generaciones para seguir agitando su pañuelo y rebozo.
-¡una cooperación para la imagen de la sagrada virgen de la concepción!, -¡gracias!; cómo si los cinco pesos en M.N. fueran suficientes para pagar el espectáculo invaluable del que los allí presentes fuimos parte. Me sentí ladrona, despojando a los verdaderos dueños de un lugar preferente para observar los pies de los jaraneros, sus gestos, los puntos de cruz en los ternos, los músicos, la ternura de las arrugas de una viejecilla recordando sus mejores tiempos zapateando hasta dejar sin aliento a su mestizo. A estos pueblos y a esta gente, dan ganas de embalsamarlas para que no les pase el tiempo; capturarlos de alguna forma en un instante para tomar un poco de la sencillez de sus vidas y llevarla siempre contigo.
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