¿Cómo conocer el mundo sin pasaporte? (que no sea leyendo), no hay forma, tenemos que pagarle al estado absurdas fianzas para poder salir de la prisión que representa nuestro país en el más figurado de los sentidos (y a veces ni tan figurado).
De la burocracia hay tanto y nada que decir, son cosas que solo con un milagro pueden cambiar, como alguna vez le pregunté a una maestra de economía (pobre ilusa): -¿Para usted, cuál es la solución qué necesita México para cambiar? -Volver a nacer. Su respuesta fue sarcástica, dura, surrealista y muy divertida (y la adopté como mía, como mi mejor recuerdo de su clase de economía) ; no es caer en una burbuja de pesimismo (pesimismo post-moderno) del que nada ni nadie pueda sacarme, simplemente creo que la forma más sencilla de hacer un poco menos pesada la carga es hacer su parte cada uno (y tratar de no comer mierda en el intento).
Quisiera siempre tener la cabeza fría para pensar así, pero el calor de Yucatán siempre me sube de tono, me impide pensar con claridad sobretodo en situación de contacto-burocrático. Como muchos de ustedes asiduos viajeros deben saber, el trámite para sacar su bello pasaporte sui generis es para nada amigable con los horarios de trabajo (al menos los míos). Pedir permiso, es para mi, una de las peores cosas por las que me pueden hacer pasar (aquí es cuando el adulto que vive en mi se da cuenta cuánto pesa la educación recatada que me dio mi madre, ¡justo aquí!).
Busqué la primera cita de las 8:09 a.m. para afectar mi horario laboral lo menos posible, llegué diez minutos antes justo como te lo indica la maravillosa página de internet y naranjas... (inserte aquí los quince minutos más aburridos de la historia). Sentada en una banca incómoda, esperando a que Godínez Pérez termine de comer su manzana de colación, para hacerle base a sus empanadas y panuchos matutinos (& Cola Light), frente a unas puertas de cristal rotas donde se lee "Te lo pintan retebonito, pero no es legal vender Visas de trabajo" y un letrero de "SRE" un poco "comido" por el sol, ahí me pregunté ¿qué oportunidad tiene un ilegal de leer ese letrero y orientarse antes de intentar la hazaña de "cruzar pa´l otro lado"(?).
Le pregunté a un oficial de la entrada del edificio a qué hora planeaban abrir, soltó unas evasivas que la verdad no me esforcé por entender. Finalmente el Sésamo se abrió y los (no) civilizados ciudadanos, entraron en estampida Rey-Leónica, clamando, todos, ser el primero. Por suerte, fui llamada segunda, me pidieron llenar un formato (de los que solo sirven para gastar hojas y justificar presupuesto), me pidieron por supuesto mi pago de banco y un juego muy innecesario de copias.
El trámite fue "rápido" dentro de esa pequeña oficina robótica y cuadrada, hay un robot que lee tus datos, otro que pega las fotos y te da el warning (con tono de amenaza) de que hoy mismo debes recoger tu pasaporte. Luego la aburrida foto en la que no te es permitido sonreír, ese pequeño espacio cuadrado que es tuyo (yours alone!) , un espacio desde donde ves al mundo con seriedad, una foto a la que en realidad no te pareces, en la que nunca sales bien.
Horas después regresé a la SRE para enfrentarme con una de esas escenas que te recuerdan que vives en otra dimensión llamada México (en la sede yucateca), donde todos están de mal humor a la una de la tarde, desgreñados, con hambre y urgencia de un aire acondicionado. Justo como en la mañana, la puerta no se abrió a la hora acordada, no fuimos llamados en el orden de aquel boletito de salchichonería que minutos después rompí con enojo.
Después la historia se llama :"Métete con un yucateco y te metes con todos" ; es suficiente que un inconforme alce la voz, para que un séquito de seguidores se le una. Después de 30 minutos de protestas hubo otra estampida Rey-Leónica que empujó 80 almas (incluida la mía, si es que tengo) dentro de la pequeña oficina surrealista.
Después de esperar tres turnos (y mucho enojo), al fin recibí mi nuevo pasaporte y también el anterior; fue nostálgico recibir mi viejo pasaporte (mas allá de la obvia diferencia entre las fotos); pero justo antes de recodar lindos momentos que pasé gracias a él, tuve oportunidad de visualizar el nuevo libro verde enmarcado con el escudo aguileño, con muchos sellos diferentes, que más que sellos evocan imágenes, sonidos, personas y otras dimensiones, lejos de la mía. Nunca me parecerá justo pagar fianzas por un derecho tan humano como moverme libremente donde me plazca, la tierra es de nadie y es de todos, pero esa, solo es mi dimensión (entre paréntesis).
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