Generalmente cuando intuyo algo a pesar de mantener la mente fuerte y positiva termino revolcada con los pensamientos pesimistas clavados en el subconsciente, -"piensa mal y acertarás" es una frase que mi madre (y aseguro muchas de las madres de ustedes) solía decirme. Como casi siempre (el 90% de las veces) acertó. El fin de semana que pasó estuvo lleno de expectaciones, que para mi suerte no se cumplieron, fue parte de ese 10% de la veces que pensando mal, no acerté.
Este sábado llegó a Mérida el evento de "Noche Blanca", (wikipedia te puede contar con más detalle de que se trata http://es.wikipedia.org/wiki/Noche_en_blanco) que fue tropicalizado por iniciativa del Ayuntamiento de mi ciudad, un evento (he de decir) que esperé por varias semanas ya que la edición del año pasado fue sin lugar a dudas, un evento que disfruté mucho. Esperaba exactamente el mismo resultado en su versión 2014 (o algo mucho mejor) pero no, no fue así, simplemente no. Mala organización, un desfile de gente que no sabía a donde ir, tráfico endemoniado, eventos sin mucha calidad (siendo un concepto subjetivo, esta opinión es personal), tiempos y espacios sin aprovechar. Terminé viendo true blood como a eso de las 2:00 después de caminar de ida y vuelta 7 cuadras del centro histórico sin éxito alguno.
Después de unas horas a eso de las 8:02, mi alarma sonó para recordarme el cumpleaños de mi madre y junto con éste, la visita de la misma. Era muy temprano cuando ya me esperaba en el muy famoso Parque Zoológico del Centenario. En principio desconocí las razones de la elección del punto de encuentro, pero luego recordé que aquel lugar en varias etapas de mi infancia, que eran de un constante ir y venir Campeche-Mérida (de sur a más sur), fue el que me llenó de tantos recuerdos.
Aquel terreno delimitado por mallas oxidadas y una gran fuente que te daba la bienvenida, en realidad no ha cambiado mucho; desde una perspectiva infantil se conservó a través de estos 20 años. Aquellas banquitas temblorosas donde me senté a tomar refrescos en envase de cristal (-"bien helados", como decía uno de mis tíos) mientras me fotografiaban. Aún siguen los vendedores de globos y algodones azucarados, rosas y azules; el lago artificial que nadie limpia, con esas barquitas curiosas y desgastadas para remar en el y ese "olor a centenario" del que tanto hablaba mi abuela cuando me negaba a bañarme. Mi madre me citó en la estación de tren (ese que da vueltas en círculos sin dejarte escuchar una palabra con el estruendoso ruido de sus vagones), como si hubiese adivinado a que parte del corazón correspondieran los recuerdos (estoy segura lo hizo sin intención).
Por primera vez después de muchos años de no haberme dado cuenta, vi como le ha pasado el tiempo a mis padres; fui consciente de que no estarán ahí toda la vida. De hecho mi mayor sorpresa fue el inmenso miedo que sentí al pensar en ello, traté de regresar al centro de mi persona para no lagrimar delante de ellos y hacer la situación más sentimental de lo que ya era en mis adentros.
Disfruté de cada paso del breve recorrido como si fuera la misma niña de 5 años que pensaba que esas dos personas que se encontraban junto, estarían allí para siempre; aunque ahora en este mismo instante mientras escribo estas lineas (con lágrima en el ojo, inusual en mi) sepa que no es así; eran más las canas, las arrugas y las experiencias. Tal vez, esta visita al Parque Centenario ha sido la más extraña hasta el día de hoy; no sé bien cómo sentirme aún, llego a la conclusión de que lo que aprendí en esta ocasión es que con la inocencia, todo es más sencillo; que estamos diseñados para avanzar y encontrarnos con este sentimiento algún día de nuestras vidas (cuando más necesitamos una bofetada emocional). Cuando era niña quería ser grande porque no sabía que crecer, es un sentimiento encontrado e indescriptible que cuesta tanto asimilar.

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