Después del fin de semana de no poder acercarme a la laptop ni de chiste, lo único que tengo para escribir es una lista enorme, gigante y desgastante de cosas (de ayer y hoy) que son muy molestas e incómodas. Son cosas molestas para mi y yo creo que para el resto del mundo (el resto del mundo que puede ver más allá de sus narices). No sé si con el paso del tiempo me he vuelto una persona un poco más delicada, especial y mamona o si los 25 de plano me están pesando (cabrón). Siento que esto tiene que ver mucho con la forma inadaptada con la que se desarrolló mi niñez o algún trastorno mental que padezco (que siempre he pensado que si, pero me niego a ir a un psicólogo). En fin, tengo que empezar mi lista comenzando por el viernes hasta llegar ayer en la noche; este fue uno de esos fines de semana que me sentí, por ratos, como un adulto con todas las facultades, capaz de soportar y enfrentar al mundo y sus desafíos con madurez y sabiduría legendaria, pero no.
Me doy cuenta por qué me siento más tranquila y feliz en la comodidad de mi casa, tomando un té o un café mientras escribo estupideces que ustedes leen, sin exponer mi persona a ser llevada a la cárcel por arrancarle la cabeza a alguien que haga alguna cosa que me incomode.
Viernes: Después de esperar este maravilloso (y último día) de trabajo, justo cinco minutos antes de salir de la oficina comienza un diluvio al estilo arca de Noé y nada, que no me puedo ir. Cuando la lluvia baja de intensidad decido salir corriendo a toda velocidad (como si eso fuese a salvarme de mojarme ¿verdad?) y mis zapatos y pies cual esponjas marinas. Manejo a mi hogar sin zapatos, la sensación entre los pies y los pedales del auto es cero placentera (trastorno obsesivo compulsivo). Llego a mi hogar, no hay electricidad, no hay internet; la lluvia hizo de las suyas y un transformador se ha quemado. Sufro, luego existo.
Sábado: La mezcla de bochorno y lluvia yucatecos, clásicos del estado del clima "está pariendo la venada" (cuando llueve con sol) hacen estragos en mi cuerpo, sudo y tengo frío al mismo tiempo; todo ellos mientras me encuentro en un mercado de pulgas comprando chunches con mis compañeras de trabajo, una señora me pica las costillas, siento ganas de mentarle la madre... me contengo, mi paciencia es grande. Mi celular suena, trato de contestar en ese lugar donde se atraviesan gritos, cumbias, reggaes y reggaetones de la más baja calidad a todo volumen, no entiendo nada de lo que me dicen. Duermo de 5 pm a 10 pm, se fue el sábado. El concierto al que iba a asistir, se cancela; cero gente, cero amontonamiento, soy feliz por unas horas, las más gloriosas de mi fin de semana.
Domingo: Sobre-dormir me enoja, me pone de muy malas, una comida familiar, alguien pregunta por qué no como carne; no tengo ánimos de discutir la situación; termina la tortura. En el cine, me toca un cronista, me relata la película como si fuera ciega y necesitara apoyo auditivo para entender lo que sucede; respira con dificultad cerca de mi, hace ruido al comer, estoy al borde de un colapso ... pero todo esto es menos terrible que alguien contándome una premiere (de cualquier película). Respiro profundo, trato de disfrutar la película, de abstraerme en la historia, el ruido de sus palomitas crujientes es insoportable, igual que el de su voz diciendo incoherencias; no hay cultura para ir al cine en este lugar. Llego a mi casa buscando algo que llene el vacío que tengo en el estómago, encuentro el bote de hummus que sobró de la comida, lo abro, me dispongo a comerlo para encontrar que, retorcido y asqueroso en el fondo del bote, hay un pedazo de pescado que alguien sumergió durante la comida. Que incómoda es la vida a veces, en especial cuando alguien sumerge pescado en tu hummus.




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